En muchas ocasiones nos vemos envueltos en situaciones que se repiten una y otra vez y que nos generan gran malestar. Cuando esto nos ocurre, pensamos que los culpables de nuestro sufrimiento son los demás o el fatídico destino. Siempre encontramos explicación a la existencia de estos acontecimientos, pero siempre fuera de nosotros. A pesar de todos los razonamientos que hacemos, nos cuesta entender que el origen de ellos está en nosotros.

La resistencia a creer esto es evidente, ¿cómo nosotros vamos a ser los causantes de algo que nos crea malestar?

Los acontecimientos que vivimos de forma reincidente no son producto de la casualidad, sino de la causalidad.

Pensar que lo que nos ocurre depende de circunstancias ajenas a nosotros nos coloca en una situación de indefensión, de estar a merced de lo que nos quieran hacer, y esto nos provoca una gran inseguridad ya que nos hace sentir que no poseemos control sobre nuestra vida.

Afortunadamente esto no es así, sino que nosotros somos los únicos responsables de lo que nos ocurre, independientemente de cual sea la situación a la que nos enfrentemos, siempre disponemos del don del libre albedrío para actuar de forma autónoma e independiente.

A pesar de ser esto así, muchas veces, nuestro comportamiento está condicionado por una serie de procesos inconscientes que hemos establecido hace años y no somos conscientes de ellos.

El permanecer experimentando vivencias que nos hacen sufrir y/o reincidir en ellas, es una cuestión que depende de nosotros. Lo que ocurre es que no siempre somos conscientes del motivo que nos hace mantenernos en ellas o volver a elegirlas.

Cuando vivimos situaciones traumáticas, especialmente en nuestra infancia, utilizamos mecanismos de defensa para evitar el sufrimiento.

Así pues, cuando la situación supone un gran impacto en nuestra vida, la almacenamos ésta en nuestra mente inconsciente, pero dejamos que nuestra mente consciente recuerde dicho suceso pero desprovisto de la emoción que generó. Del mismo modo, cuando la situación puede poner en peligro de nuestra integridad emocional, lo que hacemos es eliminar de nuestra mente consciente dicho evento para que sólo nuestra mente inconsciente tenga el recuerdo de ello. En ese momento, al causar dicha conmoción y para asegurarnos que estaremos a salvo de ella, tomamos la decisión de reaccionar de un modo concreto cada vez que nos enfrentemos a estímulos iguales o similares al que nos provocó dicha sensación. De tal modo, estos patrones de conducta que establecimos inconscientemente saltarán como resortes automáticos cada vez que estos estímulos aparezcan. Por todo ello, no sólo no tendremos el control de dicho comportamiento, sino que tampoco seremos conscientes de su existencia.

Todas estas estrategias corresponden a un Mecanismo de Defensa Inconsciente que utilizamos para evitarnos el sufrimiento.

Este es el proceso automático que explicaría que nos encontremos reaccionando igual ante similares situaciones y obteniendo el mismo resultado. Esto ocurre a pesar de estar sufriendo por ello, pero no podemos hacer nada por detenerlo ya que ni si quiera somos conscientes de nuestra implicación en dicho proceso.

La cuestión es que cuando las consecuencias de estos comportamientos nos hacen muy desgraciados, al no conocer la existencia de este mecanismo o atribuir la responsabilidad a causas externas a nosotros (otras personas o el destino), no podremos actuar sobre ello para modificarlo.

Ante tal situación nos veremos impotentes y en manos de las circunstancias, sin que podamos hacer nada para cambiar esta realidad.

La buena noticia es que esto tiene solución.

El ser consciente de estas estrategias que utilizamos, nos da la posibilidad de influir sobre ellas.

Al revivir los acontecimientos que están en el origen de nuestros problemas actuales, tenemos la oportunidad de reinterpretarlos, pero ya desde una perspectiva de un adulto y con una mayor experiencia. Todo esto nos dará una perspectiva que nos evidenciará lo ilógico de nuestras resoluciones, con lo que podremos tener acceso a nuestra sabiduría interior y alcanzar el equilibrio que nos lleve a una vida armoniosa y feliz, al tiempo que al éxito en nuestras relaciones.

La dificultad en todo esto reside en sacarlo de su escondite.

Las Terapias tradicionales nos ayudan a ello, lo que ocurre es que el tiempo que nos puede llevar a acceder a dichas emociones es indeterminado, si conseguimos hacerlo ya que nuestra mente inconsciente lucha con ello.

Existe un tipo de Terapia que tiene acceso directo a las emociones, “La Terapia Regresiva”.

Con la Terapia Regresiva contactamos directamente con nuestro inconsciente, y con las emociones que hemos ocultado en ella a lo largo de nuestra vida. De este modo, nos hacemos conscientes de los procesos inconscientes y obsoletos que hemos utilizado hasta el momento, dándonos la posibilidad de modificarlos.

Es una Técnica de acceso directo a nuestra memoria emocional e inconsciente. Gracias a ella podemos conocer las emociones vinculadas a esos dolorosos sucesos que escondimos en nuestra mente inconsciente con mucha cautela, por temor a que su evocación nos provocara un daño irreparable.

La liberación de las emociones reprimidas, por sí misma es reparadoras. Y al mismo tiempo, nos ayuda a encontrar el origen de muchos conflictos y acontecimientos que vivimos que nos hacen infelices.

La Terapia Regresiva nos dará las claves a dudas tan frecuentes como “¿Por qué tengo tan mala suerte con mis parejas?, ¿Por qué todas mis parejas me….?, ¿Por qué elijo tan mal a mis parejas?

Todas ellas se basan en la misma premisa “Una correcta elección en base a la resolución tomada ante un suceso impactante en nuestra vida”

Por ello, la cuestión correcta debería ser por ejemplo ¿Por qué elijo tan bien a parejas inadecuadas para mí?

El motivo es muy claro, y es que cada vez que se produce de manera frecuente un acontecimiento, éste tiene relación con un patrón que estamos llevando a cabo nosotros. Ahora es el momento de sacarlo a la luz, y la Terapia Regresiva supone un gran aliado para conseguirlo.

Elena Calvo

www.quieroquerer.com